3 jul. 2010

CARTA DE AMOR DE DON RODRIGO

Estimada Señora:


Mi adorada e inalcanzable dama, me he tomado el atrevimiento de escribiros estas líneas, muestra de mi arrebatado corazón, para suplicaros por última vez que por favor cambiéis de parecer en cuanto a la terrible opinión que os habéis forjado de mi persona.

No diré que no es cierto que, cual caballero de armas, más aún, hombre de inquebrantable honor el cual me considero, he derramado la sangre de mis semejantes en el clamor de la batalla, o por causa justa en buena lid, del mismo modo que tampoco niego el haber sesgado la vida de muchos de éstos con mi acero. Del mismo modo que tampoco niego que mi ardiente sensualidad ha sido saciada con cuanta mujer, ya fuese Señora o no, se ha cruzado en mi camino dispuesta a concederme tales favores sin exigir nada cambio. Siempre por voluntad propia.

Sin embargo, y a pesar de todas esas acciones, imperdonables a vuestros ojos y que esgrimís como arma arrojadiza contra mis sentimientos, considero que no han sido sino pruebas que Dios ha querido poner en mi destino, con el único fin de que cuando mi mirada se cruzara con la vuestra, pudiese vislumbrar lo equivocado de mis actos en busca de la felicidad.

No fueron sino vuestros bellos ojos; del color del cielo en primavera, rodeados de una espesura oscura y brillante como la media noche, llenos de inocencia y a la vez inteligentes, los que pudieron derribar de lo más alto a este ser que se creía invencible. Fue más fuerte vuestra mirada de reproche que cualquier golpe recibido en la batalla. Y vuestra voz, mi Emilia, vuestra voz de un tono tan irreal y melodioso, que hasta los propios ángeles se avergüenzan de entonar sus cánticos cuando os oyen hablar con tal armonía; esa voz que me atormenta, que me persigue de noche y día como si se tratara de mi conciencia.

Si vos, Señora mía, en vuestra infinita bondad, pudierais ver solo al hombre que se postra de rodillas ante vuestros pies, implorando tan solo unas migajas de ese ansiado amor, y pudieseis olvidar al hombre que he sido antes de conoceros…

¡Ah, mi dulce dama¡. Quien pudiera estar cerca de esas delicadas y níveas manos, tan cerca como para poder susurraros palabras de amor al oído, y entre risas tener la dicha de poder robaros un casto beso sin que os sintierais ofendida por ello.
¿Acaso no vais a tener piedad de este desdichado caballero que os suplica una prenda en señal de amor?

Si me lo pidierais sería capaz de viajar hasta el fin del mundo y regresaría a vuestro lado cual fiel vasallo; mataría mil y una bestias feroces para que después pudieseis curarme las heridas; incluso renunciaría a lo que he sido hasta ahora, y todo por una palabra vuestra que aliente este ajado corazón.

Tan solo con una palabra vuestra, o simplemente una prenda que me indique que correspondéis mis sentimientos, podré decir que he muerto para ir al cielo. Porque os amo Emilia, os amo con el alma, con el cuerpo y con lo que no se puede describir con palabras. Os amo como el pez al amar, como la hierva a la tierra y los pájaros al cielo, os amo con una intensidad que ni yo mismo me creo capaz de soportar la fuerza de tanto anhelo por vos.

Os amo Señora mía, mi Dama.


En espera de vuestra pronta respuesta, se despide,


Vuestro fiel servidor,

Vuestro humilde caballero.





Don Rodrigo de Isis

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